Bienvenido Nº: TU A LO TUYO!!!

domingo, 3 de agosto de 2008

DIFÍCILMENTE YO


Me caigo y me levanto. Sé que me acabo de tropezar con algo pero no sé qué es. Quizás sí, pero niego querer darme cuenta. Voy al baño muy sonriente por algo que me hizo mucha gracia y me miro al espejo. Me siento ridículo al verme sonreír porque veo todos los defectos en mi cara. Maldito espejo. Dejé de sonreír por ese espejo que acaba de mostrarme lo que mis ojos nunca ven: mi reflejo. Ya que estoy aquí comienzo a practicar sonrisas para que cuando me vea alguna mujer diga: -¡que sonrisa más bonita tienes!. Ahora me siento más ridículo.
Voy hacia mi habitación y me acuesto en mi preciada cama con la mirada apuntando al techo. Algo tengo que hacer en ese techo porque lo veo demasiado blanco. O quizás es amarillo pero como hay poca luz no se ve el color original. Entonces tengo que agregar más luz. Quiero darme una ducha pero hay un problema, tendría que cruzarme otra vez con ese maldito espejo. Voy a intentar entrar al baño tapándome los ojos.
Me caigo y me levanto. Sé que me acabo de tropezar con algo pero no sé qué es. Quizás sí, pero niego querer darme cuenta. Estoy triste y no sé por qué. Quizás debe ser porque mi sonrisa afea mi cara; pero la tristeza afea el alma. Es hora de tomar decisiones uno mismo y no depender de lo que digan los demás. Voy a hacerlo aunque mi cara se vea defectuosa, porque prefiero tener un alma reluciente a dejar de sonreír. Voy a entrar en ese baño, mirarme al espejo, ducharme y sonreír.
Miro la hora y creo que todavía no pasaron ni dos minutos. Resulta muy extraño porque hace media hora tampoco habían pasado ni dos minutos. ¡Ahora sí voy a ducharme y no esperaré ni un segundo más porque veo que estoy perdiendo el tiempo!. Dicen que el tiempo es oro y tienen mucha razón porque cuando se pierden ambas cosas es casi imposible volver a recuperarlos. No sé por qué pienso tantas cosas si solo quiero ducharme. Es más difícil entrar en la ducha que ser feliz. ¿Ser feliz?. Si continuo pensando tanto me voy a caer.
Me caigo y me levanto. Sé que me acabo de tropezar con algo pero no sé que es. Quizás sí, pero niego querer darme cuenta.


Pablo Claro

SOY CULPABLE


Soy culpable de todo lo que hago mal, por más que quiera intentar hacerlo mejor. Culpable de haber nacido con una personalidad que a algunos no les guste, culpable de sonreír cuando estoy triste y de llorar cuando estoy contento. Soy muy culpable de casi todo, por no decir, de todo lo que me rodea. Culpable por sentirme culpable al no mentir cuando debería hacerlo o de decir la verdad cuando no debería. No quiero culpar a nadie por el daño que hago al respirar, porque seguramente a alguien molesto por hacerlo, es que por todo soy culpable. También lo soy por sentir cosas por personas que no sienten lo mismo por mí. Mil veces culpable o quizás más por tener ambiciones que muchos no están dispuestos a que las tenga. Culpable de envidiar y de recibir el doble de envidia. Culpable por querer ser alguien cuando quizás debería preocuparme por... ser, nada más. Culpable por llegar a lo más alto por sacrificio propio y de caer a lo más bajo por sacrificio de otros. Culpable por confiar más de una vez en quien no debería. Culpable por querer lo que quiero o decir lo que digo, por querer de una manera diferente a los demás, por cuestionar actitudes muy cuestionables y ser el más cuestionado. Culpable por tener la cabeza en los pies y los pies... ¿dónde tengo los pies?, no lo sé, pero también soy culpable de ello. Culpable por hacer que me extrañen en casa, o en el barrio, o en alguno de esos lugares donde dejé alguna vez una de mis huellas . Culpable por hacer que mis palabras le sean de utilidad a alguien. Culpable por transmitir a otros mis conocimientos y por adquirirlos también de ellos. Culpable por no aprovechar el tiempo con los que quiero. Culpable por el abandono. Culpable por una lágrima que sintetiza todo un sufrimiento. Culpable por darle a este escrito un toque dramático y melancólico. Culpable por permitir que entren en mi vida personas que no deberían entrar en la de nadie. Soy culpable por quererte, amarte, acariciarte, mimarte, mirarte... Y por no saber cuidarte.

CHARLA CON DIOS


Me sentía aburrido porque siempre escribía lo mismo contándolo de una y otra manera, pero siempre era lo mismo. Juro que ya estaba cansado de todo eso porque mi cabeza pensaba en cosas que ya nadie le daba importancia. Ni siquiera yo. Entonces fue cuando decidí salir a tomar algo en el bar de enfrente. Pedí una cerveza y algo para comer porque mi estomago no quería ser engañado nuevamente con algo líquido. El camarero me llamó avisándome que tenía una llamada telefónica. Yo me preguntaba: ¿Una llamada para mi?, ¿Si tengo el teléfono en mi bolsillo?, ¿Y por qué lo hacen al bar?. No entendía nada. Fui a uno que estaba entre dos columnas. Todavía seguía sin entender nada. Llegué al teléfono, lo levanté con una sensación de vacío, porque realmente no sabía que pensar, y dije con una voz entrecortada: -¡hola!. Hubo un pequeño silencio, como esos silencios de aquellas personas que están esperando detrás del teléfono y no se dan cuenta que le han atendido. Y se escuchó una voz muy suave que me había trasmitido una tranquilidad en cuestión de segundos diciendo: -hola Pablo, me gustaría hablar contigo personalmente. En ese momento no me salieron las palabras.
Muchas cosas estaban cruzando por mi cabeza; no sabía si era alguien a quien le debía dinero, tampoco si se trataba de algún amigo , vecino o familiar. Realmente una incógnita. Mi mente pensaba demasiado rápido como para seguirle el ritmo con mi boca, pero con un poco de orden le pregunté:
-¿quién eres, Horacio, Ale, Diego, Gastón, Hernán, Pepo?. Y así no sé cuantos nombres más. -¡no!, Dijo y se calló nuevamente. Ya me estaba poniendo más que nervioso, creo que estaba enloqueciendo. Entonces fue cuando con toda la paciencia del mundo me dijo: -soy Dios, espérame en ese bar que ya estoy contigo en unos minutos. -¡Jajajajaja! ¿Dios? ¡Jajajajaja!. ¡Que buen chiste!. Dale, ¿quien eres?. Y cortó. Por dios, que rabia. ¿quién habrá sido?. Seguía con esa duda en mi cabeza y volví a mi mesa. El camarero me sonrió. En ese entonces ya no entendía absolutamente nada y pensaba “seguramente habrá sido este tipo que se burló de mí haciéndose pasar por Dios”. fui y lo encaré de manera agresiva, porque no me gusta que se metan conmigo. -¿qué te pasa, tengo cara de payaso?. Prácticamente no dejó que terminara de hablar y esbozó algo así como: -¿Te llamó?.
-¿Quién?.
-¿Cómo quien?, tu sabes muy bien quien es. Y ahí mi cara quedó como una foto desenfocada.
-Si es una broma te digo que es de muy mal gusto y no solo eso, sino que pienso romperte la cara.
-Calma hombre, no te pongas así, tranquilo que ya vendrá y hablará contigo. Tienes suerte que te haya elegido para hacerlo.
De pronto mi cara se transformó en la mascara de “Screem”. En ese momento no tuve el diablito a mi izquierda y el angelito a mi derecha, sino que cientos de diablitos y angelitos esparcidos por todo el bar. Algunos hasta apostando en la máquina tragamonedas. Mi cabeza se preguntaba: ¿Como será Dios?, ¿Qué forma tendrá?, ¿Vendrá como hombre , como mujer o como un fantasma?. No paraba de observar la entrada al bar esperando a ver como sería. Además sonaba muy raro pensar que esperaba a “Dios”. la gente entraba al local y yo más me desesperaba pensando de qué manera aparecería. Será esa mujer... no, será ese muchacho... tampoco. De repente ingresó una persona con barba blanca, alta, y con aspecto de buena gente. Era Dios, no cabían dudas. Me levanté, me acerqué a él y le dije: -Ya estoy aquí, ¿hablamos?. Él se dio media vuelta, me observó y respondió: -bueno, sentémonos. Elegimos una mesa aislada de todo ruido y comenzamos a hablar. Prácticamente me dedicaba a escuchar, porque sus palabras no solo tenían claridad, sino que, transmitían serenidad y sabiduría. Hablamos de la vida, la muerte, y de la humanidad en sí. Yo no salía de mi asombro al saber que estaba hablando con Dios. Nada más y nada menos que él mismo. Parecía como si estuviese hablando con alguien de Hollywood, bueno eso parecía porque en realidad nunca estuve con alguien de ese lugar, pero sí, hablaba con él. Cuando le hacía preguntas no quería tratarlo como Dios, sino como una persona normal, porque de otra manera no podría seguir hablando por los nervios. Cada palabra suya parecía un aviso, como si me estuviese diciendo cosas que tenia que interpretarlas porque él no estaba dispuesto a explicármelas. ¡Había tanta sabiduría en sus frases!, y bueno, también era lo lógico, era Dios. Noté que el camarero nos observaba pero no merecía mi atención porque tenía cosas más importantes, estaba hablando con el padre de la humanidad. ¿¡Cuantas personas podrán decir lo mismo!?. Creo que ninguna y por eso me sentí en ese momento un privilegiado. La conversación se había hecho más larga de lo esperado, porque abordamos temas que nunca pensé que los iba a hablar con alguien. Es que no era “alguien” sino “él”, y ese fue motivo suficiente para contar y preguntar todo, absolutamente todo. Después de casi tres horas de charla decidió irse, no le pregunte por qué, simplemente acepté y agradecí el hecho de que haya aceptado hablar conmigo. Se fue dejando una estela de esperanza y una onda positiva en el bar. Había charlado con Dios. A los diez minutos de estar sentado y en silencio me levanté y me dirigí hacia la puerta de salida para irme a mi casa, y el camarero me miró y sonrió nuevamente. Esta vez yo también sonreí porque me sentía purificado y engrandecido por lo que había sucedido y me fui. Al poco tiempo de retirarme el camarero vuelve a su lugar de trabajo, o sea detrás de esa barra y dijo en voz baja: -Pablo, te puse a prueba y has demostrado que... crees en mí.
Pablo Claro
Hoy es un dia diferente al de ayer, no significa ni mejor ni peor, sino diferente.
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